In the name of God, go

Esas palabras fueron pronunciadas con finalidad política tres veces en los últimos siglos. Oliver Cronwell en abril de 1653 pidiéndole a todo el parlamento que se vaya; Leopold Amery clamando al primer ministro, Neville Chamberlain, que renuncie ante los desastrosos fracasos iniciales de la segunda guerra mundial; y esta semana cuando David Davis, parlamentario inglés, se lo exigió a Boris Johnson, después que se conociera el incumplimiento recurrente de las medidas restrictivas en la sede del gobierno.

Son palabras que manifiestan desconfianza.

Hace unos días, se publicó el Edelman Trust Barometer como viene siendo habitual cada año este siglo. Esta gestión se centró en lo que llamaron el círculo de la desconfianza. Este barómetro es un estudio global que hace 22 años y que propone análisis de confianza respecto a los negocios, los gobiernos, las organizaciones no gubernamentales y los medios, el tratamiento de la verdad en épocas de posverdad y otras cuestiones. Cubre a 28 países de los cinco continentes, con más de 36 mil encuestados.

Sus resultados demuestran tendencias que reflejan un momento de crisis de confianza.

En general, solo las empresas tienden a incrementar la confianza, las ONG se mantienen, mientras que los gobiernos y los medios de comunicación decrecen en la confianza de los encuestados, porque se les atribuye que han asumido un discurso de división  y confrontación de posiciones. Ambos están al borde de ser catalogados como espacios de desconfianza al superar apenas el 50%.

Respecto a los gobiernos, un 44% le otorga un papel de liderazgo, es decir que puede coordinar esfuerzos institucionales para resolver problemas sociales y solo un 42% lo considera capaz de obtener resultados a través de planes y estrategias útiles.

Los gobernantes con un 42%, los periodistas con un 46% y los gerentes de empresa en general con un 49% son quienes generan más desconfianza; mientras que los científicos, con un 75% y los compañeros de trabajo con un 74%, son quienes más confianza generan, quedando entre medio de ellos los ciudadanos del mismo país, los ciudadanos de la comunidad a la que uno pertenece, las autoridades de salud, muy relacionado a la crisis sanitaria aún vigente, y el propio empleador.

Las fuentes de información tampoco generan confianza. Los motores de búsqueda y los medios tradicionales no alcanzan el 60%, catalogándose como neutrales, mientras que las redes sociales alcanzan solo un 37%. A esto se suma que un 67% de los encuestados sienten que mienten los periodistas y reporteros, un 66% los gobernantes nacionales y un 63% los líderes empresariales.

Salvo en Australia y Francia que disminuye, Argentina que no cambia y Nigeria, donde no se midió, todos los otros países manifiestan un incremento por la preocupación en las noticias falsas, las fake news. Y como reflejo de ello se han incrementado los miedos con un 85% por perder el empleo, un 75% por el cambio climático, un 71% por los hackeos y los ciberataques, un 65% por perder las libertades ciudadanas y un 57% por sufrir prejuicio y racismo.

El barómetro refleja con claridad cómo la desconfianza es una sensación corriente en la actualidad, tanto por la gestión gubernamental como respecto al rol de los medios y de las empresas en su comprensión global, y cómo ella se va incrementando paulatinamente, ya que en general los resultados de este año muestran esa tendencia sostenida hace varias gestiones.

Cronwell hizo desalojar el parlamento por soldados, Chamberlain dimitió y fue reemplazado por Churchill para la gestión del gobierno en guerra y Johnson ha iniciado un proceso que, considero, indefectiblemente lo reemplazará en breve.

En los dos primeros casos se logró restablecer la confianza en momentos de crisis extrema.

Una pregunta para este 2022 que se inicia es cómo restablecer esa confianza manifiestamente desconfiada y cuál va a ser la crisis extrema que la recomponga.

Columna emitida por En Geopolítica el miércoles 26 de enero de 2022

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