
Así se llama el cerro con una altura de 657 msnm, al que se le dice el solitario, Turubó, en lengua local.
Cuando uno se acerca a San José de Chiquitos y lo ve, significa que solo restan unos pocos minutos para llegar a destino después de esas más o menos 4 horas de carretera desde Santa Cruz de la Sierra.
En San José de Chiquitos se lo mira desde donde sea y ya d’Orbigny lo dibujó elevado sobre el muro del complejo misional de la población, cuando la visitó en 1831.
Este domingo, el Turubó no estaba en su lugar. Se lo habían robado.
¿Cómo se roba un cerro?
Pues no estaba donde siempre está.
O simplemente estaba en su lugar a apenas un par de kilómetros de la plaza, pero no se lo podía ver. Fue un domingo triste, en blanco y negro. Especialmente en blanco, ese blanco del humo del incendio que la codicia inmisericorde quiere terminar con la belleza natural inconmensurable de nuestra diversidad, que está siendo destruida por querer volver todo lo que es de todas y todos en propiedad y plata para unos cuantos.
Este domingo se robaron el Turubó, no se lo veía, estaba envuelto en la más densa y triste humareda de la codicia humana.