Nosotros la llamaremos

Despierta al salir el sol, que en esa época entra en la caverna directamente donde ella descansa.

Es una hembra. No es demasiado grande. Su cuerpo está cubierto de pelaje, no muy largo, bastante fino, de color castaño oscuro.

Al levantarse sale de la cueva, se despereza y estira. Ya se mantiene en pie y casi no utiliza los brazos para apoyarse.

Comienza a caminar y se acerca a unos arbustos cercanos cubiertos de unos frutos rojos que le gustan. De esos que aprendió que hay que esperar que maduren porque si aún están verdes le hacen sentir muy mal y le revuelven todo por dentro.

Se sacia y comienza a caminar a la laguna que está cerca a ese que podría llamar su hogar. Se pone de cuclillas y con su mano levanta agua que bebe a sorbos y calma la sed de la mañana temprana.

Camina. Está sola. Se alejó del grupo al que pertenecía porque no se sentaba cómoda con ellos; sabe tal vez que en algún momento tendrá que volver a buscarlos, pero por ahora se siente bien.

Sube a una colina que está justo al lado de la laguna. Es el lugar en el que se siente mejor y habitualmente pasa bastante tiempo allí.

Cuando siente mucho del calor del sol que se posa sobre ella, vuelve a la laguna y comienza a recoger unas plantas que profusamente crecen sobre la superficie y comienza a masticar lenta y cadenciosamente.

Como siempre, se acerca al mismo lugar donde guarda un par de rocas a las que les dedica un poco de tiempo para afilarlas y desgarrar esas algas que mastica. Lo hace con calma y se toma tiempo mientras ve el agua moverse y el batir de alas de las aves que levantan vuelo.

El día dura poco porque se oculta tras una montaña muy alta. Pasa el tiempo y la noche ocupa el lugar del día, vuelve a la colina, se tiende en la hierba y se dedica a mirar el cielo. No está la luna y llega a ver incontables destellos.

Pierde la noción del tiempo.

Sus ojos la llevan a ese infinito oscuro plagado de luces que titilan y construye figuras uniendo imaginariamente esos puntos brillantes que tachonan la bóveda que está sobre sí. Encuentra un alacrán, como el que le picó hace unos días haciéndole mucho daño. Otras tres en línea recta que brillan más que las demás. Sueña, duerme.

Ahora la vemos extendida en el suelo con el rostro hacia el cielo, sobre esa colina a la que le gustaba subirse a mirar el cielo. Está allí hace mucho, se acomodó para esperarnos y contar que se imaginaba un mundo al que no sabemos cómo llamaba.

Nosotros la llamaremos Lucy.

Javier Zárate Taborga

Escrito en La Paz en mayo de 2020

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