DOS SIGLOS, UN BICENTENARIO

Hace dos siglos, un miércoles 3 de agosto, la Asamblea Deliberante que se había instalado unas semanas antes decidió preguntarse qué hacer con lo que en aquel entonces, se denominaba como las Provincias del Alto Perú. Un territorio cuyo nombre se originaba porque los principales centros urbanos y las riquezas que en esa época prodigaba, estaban geográficamente ubicadas en una zona de elevada altura, entre los 3 y 4 mil metros, y donde estaba el cerro cuyo nombre había sido el sinónimo de la mundialización, ese fenómeno por el cual se había logrado conocer la finitud del planeta que ocupamos, ya consolidado como parte de un sistema heliocéntrico, y que tuvo en ese cerro, productor de una cantidad inusitada de plata, al primer fenómeno de la economía mundializada, con sus efectos positivos, negativos y perversos.

Hace dos siglos, un miércoles 3 de agosto, los miembros de esa Asamblea Deliberante, todos varones, en su mayoría abogados y sacerdotes católicos, votaron por definir que esas tierras altas, que no visibilizaban, aunque sí incluían, a los centenares de millones de kilómetros que no estaban geográficamente en las alturas, sino en los chacos del la cuenca del Pilcomayo, el Paraguay y el Paraná, o en el inmenso bosque chiquitano; en las gigantescas praderas, bosques y selvas de la indómita cuenca del Amazonas, o en los valles y yungas desperdigados, se convirtiera en una nueva Nación, Patria, País, Estado, conceptos que aun en estas tierras americanas tenían muchas diferentes formas de interpretar.

Hace dos siglos, un miércoles 3 de agosto, la mayoría de votos de esa Asamblea Deliberante votaron por la Independencia de un nuevo país, y para consolidarlo 3 días después, el 6 de agosto, un sábado, conmemorando que un año antes, en los campos de Junín, en el territorio del Perú, Simón Bolívar, Antonio José de Sucre y sus tropas grancolombianas y peruanas, vencían en la penúltima de las grandes batallas independentistas, a los soldados leales a la corona española, que ya había terminado su pequeño ciclo liberal y que otra vez era pérfidamente monárquico, con un rey que paso de deseado a felón, Fernando VII.

Hace dos siglos, unos días después, esa misma asamblea, para terminar de conquistar el corazón del gran Bolívar, que no estaba de acuerdo con el fraccionamiento de los territorios de este subcontinente, porque estaba seguro que estando divididos en muchos países, íbamos a ser más débiles, bautizará al nuevo país como República de Bolívar, reconocimiento que permitió albergar en el corazón, el ego y el pensamiento del Libertador el sentimiento de un rechazo para acoger a su hija Predilecta.  


Así nacía hace dos siglos, Bolivia, porque si de Rómulo y Remo, Roma, de Bolívar, Bolivia.

Una nación con fronteras heredadas de mapas inexactos de la administración virreinal, cuando las fronteras no existían, pero que ahora se las necesitaba porque los americanos dejamos de lado la unidad virreinal por la división estatal. De acuerdo a los primeros mapas de esa primera mitad de siglo, ya trabajados por la república, este país tenía bastante más de dos millones de kilómetros cuadrados. Pero la mayoría de sus habitantes vivían en apenas unas pocas decenas de ciudades y pueblos grandes, especialmente en esa región de alturas y un poco en los valles más cercanos. Alturas donde se explotaban las riquezas mineras y valles donde se producían alimentos para satisfacer las necesidades de esos centros económicos.  


Este país fue el primero en tener una codificación legal, tomando la napoleónica, traduciéndola a la lengua española; intentó por unos pocos años volver a ser una confederación con el Perú; mantuvo vacías esas zonas fronterizas, que eran grandes espacios en los mapas en los que no se sabía qué había, quiénes vivían, y que podían ser parte de negociaciones y entregas.

Aportó a la economía mundial la plata, explotada desde la colonia española y que durante el siglo XIX siguió alimentando esa economía global, que ya para aquel entonces era una economía global.

La Paz, que había sido fundada como una espacio esencialmente comercial y de intercambio, muy cerca al área de influencia del gran Cusco, prefería salir por los puertos del sur de su vecino Perú, porque los propios estaban muy alejados más al sur. Ahí donde no había caminos fáciles de recorrer, donde los puertos eran más difíciles de habilitar y donde pocos bolivianas y bolivianos prefirieron ir. De ahí saldrá el guano, las heces de las aves marinas, y el salitre en altas concentraciones que, en esa revolución industrial europea y estadounidense, se requería a raudales para potenciar la pólvora y para fabricar los fertilizantes que multiplicaban la producción agrícola. Esa necesidad global sumada al abandono del territorio del litoral y la inexistencia de unas fuerzas armadas preparadas y equipadas, terminaron en que se pierda  una guerra y el acceso al mar,  consolidando una mediterraneidad que era real desde tiempos anteriores a la Guerra del Salitre, por nuestro propio abandono nacional.

Del territorio de Colonias, nombre genérico dado a una enorme tierra ignota de la Amazonía, se alimentó al mundo con quina para fabricar quinina y combatir la malaria que era tan usual en las regiones tropicales del mundo donde se construía el Canal de Panamá o se extraía el oro y los diamantes africanos. De ese territorio de Colonias salía también la savia de esos millones de árboles gomeros que lentamente derramaban gota a gota su lechoso interior que se calentaba para formar esas grandes bolas de goma que se cargaban en pontones que comenzaban a recorrer esos intrincados ríos que de a poco confluían en el gigante Amazonas y su desembocadura sobre el Atlántico, para que la goma llegue a las fábricas de Dunlop y los otros a quienes se les había ocurrido que los automóviles eran mejores con ruedas de caucho natural. Ese territorio de Colonias dejó también de ser boliviano en su mayoría y se hizo brasileño.

Otra vez de las alturas, ahora para fabricar los casquillos de las balas de las guerras mundiales y para fabricar las conservas que contenían los alimentos de los ejércitos que eran mandados a pelear por la irracionalidad humana, salían de este país ingentes cantidades del nuevo metal que había desplazado a la antigua plata. El nuevo rey era el estaño, y uno de los reyes del mundo, millonario como pocos, que se codeaba en Europa con los sujetos más ricos como él, había pasado de ser un cholo cochabambino, denostado y rechazado por las élites de su país, a un empresario con intereses en su terruño, cuya riqueza se sostenía en esos golpes de perseverancia que le regalaron vetas estañíferas que parecían inagotables, y que le permitieron ser accionista de minas en la Malasia colonial del otro lado del orbe, donde también había mucho estaño, y de las grandes fundidoras del reino británico y los Estados Unidos.

Un siglo había pasado y la economía global había amamantado de las tierras altas y bajas de este país, que recién se preguntó, en otra guerra, por otro territorio abandonado, casi sin bolivianos ni bolivianas, qué era ese país, y porque los que vivían en él debían sentirse parte de él. La tragedia que dejó 50 mil muertos y decenas de miles de heridos, inválidos y trastornados, que permitió juntar en la trinchera de esas tierras candentes con poca agua al indio aimara, quechua y guaraní, al urbano, al iletrado y al bachiller, a los campesinos y a los artesanos, a los jóvenes que se ofrecían o que eran reclutados a la fuerza, que tenían ideas políticas, de las izquierdas ilusionadas con la revolución del 17, del nacional socialismo alemán, del fascismo italiano, del falangismo español, de los discursos del peruano Haya de la Torre, de la ilusión liminar de la autonomía universitaria de la Córdoba argentina, de los logros de esa sangrienta revolución mexicana. De esas trincheras volvieron sobrevivientes de la guerra, y activos militantes políticos que ya no podían concebir que este país siga dejando de lado a unas inmensas mayorías indígenas de tierras altas y bajas, desconocidas e invisibilizadas por unas élites que solo se concebían a sí mismas como habilitadas para decidir lo que ese país, que hace poco había soplado sus primera 100 velas, tenía que ser.

Esas discusiones políticas terminaron en lo que Alan Knight llama una revolución elefante, que lo es porque transformó la realidad completa del país, habilitó la participación política a las mujeres y hombres mayores de edad solo por serlo; estableció la obligatoriedad de la educación y su universalidad, constituyó una economía estatista, con más fracasos que aciertos; alimentó una historia oficial de unos pocos héroes, muchos muy valientes pero derrotados en el intento. Se integró a la Guerra Fría como No Alineado, pero en el bando del capitalismo.

Fue insertado después en el grupo de las dictaduras apoyadas por la potencia capitalista que se oponía a la potencia soviética, aunque varios de esos dictadores tuvieron razonable cintura para mantenerse como nacionalistas.

Recuperó su democracia hace poco más de 40 años, aunque en realidad la instauró por primera vez, se alineó en la economía neoliberal del mundo contemporáneo, eligió, porque la revolución elefante de 1952 lo había establecido como derecho, al primer indígena, que se había convertido en una necesidad histórica; se traicionó y abandonó prontamente unos principios de un cambio que no debió ser revolucionario, sino transformador y constructor de un país inclusivo.  


Hace dos siglos, un domingo como hoy se votaba la decisión de dejar de ser parte de otro país. Se decidía ser independiente y se rubricaba ese sábado 6 de Agosto de 1825, la Declaración que lo pregonaba al mundo. A ese mundo que no se daba cuenta aún que se descolonizaba masivamente por primera vez.

Hace dos siglos Bolivia provee mucho a este mundo, a la economía, pero también a su ignorancia, a ser tomado como irrelevante, tal vez porque nos falta aun mirarnos al espejo, para comprender y asumir que son dos siglos en los que la responsabilidad de lo bueno y malo que nos pasa, es esencialmente nuestra, aunque no nos demos por enterados.  


Hace dos siglos nacía Bolivia.

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